En Francia, el aprendizaje de la escritura cursiva se basa en la fluidez, la destreza y la simplificación de la forma en comparación con la escritura en mayúsculas o caligrafiada. El objetivo es, por tanto, aprender a deslizar el lápiz sobre el papel para formular un mensaje legible y con sentido. Para ello, conviene respetar las zonas de la escritura manuscrita, los movimientos coordinados necesarios para el gesto de escritura y su progresión.

Las 3 zonas de la escritura manuscrita

La escritura manuscrita distingue las dos líneas de la zona media, donde se forma el cuerpo de las letras, de la zona de las astas descendentes para las letras que bajan, y de la zona de las astas ascendentes para las que suben.

Por lo general, el interlineado es de 7 mm en las primeras etapas de la escritura, para que los niños puedan escribir grande y aprendan a controlar sus movimientos. En el último curso de infantil en Francia (grande section), se reduce a 5 mm, antes de bajar a 3 mm para adaptarse al estándar de los cuadernos de primaria. Por último, el interlineado de 2 mm es el que se observa en los cuadernos de cuadrícula grande («grands carreaux»), utilizados a lo largo de toda la escolaridad.

Tenga en cuenta que un niño con dificultades puede utilizar los cuadernos Serpodile, que ofrecen distintos interlineados, además de marcas de colores para guiar la escritura, superficies borrables para practicar y formatos variados.

Los 2 grupos de movimientos coordinados

En el aprendizaje de la escritura manuscrita, hay que distinguir dos grupos de movimientos coordinados para crear el trazo escrito:

  • El trazado de las 26 letras del alfabeto;
  • La progresión, es decir, el movimiento de izquierda a derecha del trazo.

Así, el niño aprende a empezar por arriba con un trazo antihorario para formar las letras redondas como la a, la d, la c, la o, la g y la q. Del mismo modo, empezará por la izquierda para las horizontales de la t, y por arriba para las verticales.

A base de repetición, el niño irá reproduciendo la forma de las vocales y las consonantes, respetando tanto su forma como su «ductus», es decir, el sentido en el que debe trazarla.

La progresión en el gesto de la escritura

Más allá de la formación de las letras en sí, conviene aprender a unirlas entre ellas, para poner la escritura en movimiento. Al principio del aprendizaje, al niño le cuesta realizar este enlace, y se limita a formar las letras una tras otra, uniéndolas con torpeza.

Solo con la automatización del gesto de escritura la progresión se produce de forma natural: el niño deja de sumar gestos aislados y el trazo se expresa entonces a su propio ritmo.

Tenga en cuenta que un niño con disgrafía no puede automatizar este gesto, lo que se traduce en una escritura lenta, ilegible y desordenada. Cuando este trastorno del aprendizaje se confirma, requiere sesiones regulares con un logopeda, un psicomotricista o un terapeuta ocupacional para sortear las dificultades encontradas. Un grafoterapeuta, especializado en la reeducación de la escritura, también puede ayudar a los niños con disgrafía.