El estrés forma parte de la vida cotidiana. En pequeñas dosis, puede resultar estimulante y ser fuente de superación y creatividad. Pero de forma repetida o en dosis mayores, puede afectar a tu salud física, psíquica e intelectual. Más vulnerable que un adulto, un niño puede desarrollar así dificultades de aprendizaje, e incluso bloqueos…
¿Cuáles son los factores de estrés en un niño?
El estrés no siempre es un sentimiento fácil de identificar en los niños: la mayoría tiene dificultades para expresar su angustia y su malestar. Los padres deben estar atentos a comportamientos inhabituales, como dificultades para acostarse, pesadillas repetitivas, rabietas frecuentes, etc.
Más allá de estas señales de alerta, estos son los factores identificados por Thomas Holmes y Richard Rahe en su escala de estrés infantil (de mayor a menor importancia): la muerte de un ser querido, un divorcio, la llegada de un nuevo miembro a la familia, las discusiones entre los padres, el inicio de la escolaridad y el cambio de rutinas o de las personas que se ocupan de él (cambio de niñera, ausencia de un progenitor, mudanza…).
Pero el estrés cotidiano es sin duda el más perjudicial: comentarios aparentemente inofensivos que un padre puede hacer sin ver sus grandes consecuencias. Por ejemplo, la frase «si sigues así, te dejamos aquí y nos vamos sin ti» resulta extremadamente angustiante para un niño, para quien sus padres lo son todo. Esto puede alimentar un sentimiento de abandono, que puede dar lugar a pesadillas. En la misma línea, las amenazas repetitivas, el ritmo frenético en el que debe apresurarse constantemente, sin olvidar la presión del entorno para ser más de una forma y menos de otra.
¿Cómo puede el estrés dar lugar a dificultades de aprendizaje?
Durante los primeros años de vida, el cerebro humano se está formando: un estado de fragilidad que hace a los niños más vulnerables al estrés. Por desconocimiento, los padres a veces los dejan solos frente a emociones difíciles de gestionar, mientras el cerebro se ve invadido por hormonas del estrés (adrenalina, noradrenalina y cortisol).
Varios estudios en neurociencia han revelado que el estrés actúa sobre las neuronas, frenando su multiplicación e incluso destruyéndolas. También altera la mielina, esa sustancia que rodea las neuronas y permite que el impulso eléctrico viaje más rápido. Inhibe la neuroplasticidad, esa capacidad del cerebro para reorganizarse, deshaciendo conexiones o, al contrario, creando nuevas entre neuronas. Además, el hipocampo, centro de la memoria en el cerebro, también es muy sensible al estrés, lo que repercute en la atención, la concentración y la memorización.
Sin hablar de los trastornos DYS (dislexia, disfasia, dispraxia…) o del TDA (Trastorno por Déficit de Atención), es esencial acompañar a tus hijos y rodearlos de un ambiente lo más sereno posible. Como nadie puede ser irreprochable en este terreno, a veces conviene orientarlos hacia un psicólogo, para que puedan expresar, con su ayuda, sus emociones y sentimientos. En la plataforma Ora-Visio puedes encontrar un profesional para una consulta a distancia: ¿por qué no probar esta experiencia?

